Los guayatunos que quieren ser especialistas en café

Orlando Daza es uno de los campesinos que creyeron en este cultivo en el Valle de Tenza. Como él, otros 30 caficultores están siendo beneficiados por el proyecto CET, financiado por la UE e implementado por la Red Adelco y el MinCIT.

Orlando Daza / Alejandra García – El Espectador

Los Daza eran famosos en el pueblo y sus alrededores. Hace unos 40 años, los campesinos de Guayatá, un pueblito boyacense a tres horas de Bogotá, los buscaban por sus artes. En todo el Valle de Tenza eran casi los únicos expertos en la fabricación de enjalmas, esos tejidos de cabuya que se amarran al lomo de las bestias para que puedan cargar cosechas.

Por eso tenían tanta popularidad, porque entonces eran pocas las carreteras y la gente arrancaba con sus naranjas, café o maíz hacia los municipios vecinos para hacer negocios. Era una época de abundancia en la región. En las fincas, que siempre han sido de máximo dos hectáreas, crecían varios cultivos. Porque los guayatunos nunca tuvieron una vocación específica, salvo los Daza.

Pero de la generación que siguió, ochenta primos en total, solo Orlando heredó la tradición y, con ella, un sinfín de dichos y refranes que le sacan la risa.

Tiene 48 años y vive con su taita, don Segundo Rafael Daza, en una finquita de la vereda Ciavita. No tiene hijos, “por suerte”, dice. Ni madre, porque murió joven, ni esposa, y no hay explicación para entenderlo.

Se ha dedicado a la tierra, a tres hectáreas y media que tiene divididas, donde muele caña y crecen plátano, maíz y café. Orlando, al igual que el 80 % de los habitantes del municipio, vive fuera del casco urbano. Su casa está empotrada en la montaña, en un terreno que les pertenecía a sus abuelos y en el que ha regado semillas echadas a la suerte, porque desde que se construyó el embalse La Esmeralda ya nada crece como antes.

 Esa escasez, sufrida por más de 5.000 habitantes de Guayatá, hizo que surgieran preguntas en el municipio. Primero tenían que saber para qué eran buenos. Los pedidos de enjalmas, en el caso de los Daza, se agotaron de repente. Segundo, hace una década, cuando llegó la cooperación internacional al territorio e impulsó el desarrollo de la región, se dieron cuenta de que “el que no sabe para dónde va, cualquier bus le sirve”, diría Daza a modo de chiste.

Eso era lo que justamente ocurría. Las cosechas, que solían ser varias y abundantes, eran frustradas por el clima que la represa había modificado. No había nuevas ideas porque los jóvenes huían a la capital. De manera que se quedaron los mayores, renuentes al cambio y con una economía estancada en los recuerdos.

Así que delegados de la Unión Europea y líderes del Valle de Tenza fueron de casa en casa y de cultivo en cultivo para saber qué era aquello que debían reinventar.

De ese diagnóstico llegó una certeza. El café, que Daza y otros guayatunos habían producido durante años, era sin duda la apuesta del municipio. Tenían posibilidades de hacer crecer el mercado y de, incluso, probar nuevas especies que los volvieran especiales. En esas tierras se concentraba solo una variedad, Castillo, recomendada por la Federación Nacional de Cafeteros. Pero a los cultivos les hacían falta máquinas y nuevos riesgos.

Tenía sentido que todos apostaran por el café. Si se unían los campesinos de la región para producirlo, si probaban una nueva variedad de las casi 425 que conocen y si invertían en necesidades como infraestructura y tecnología, había altas probabilidades de que las cosas marcharan bien.

Por eso formaron la Mesa Sectorial de Valle de Tenza, un espacio conformado por caficultores y sus organizaciones, 14 alcaldías, la Gobernación de Boyacá, la Agencia de Desarrollo Económico Local (GAL) y la autoridad ambiental del territorio, Corpochivor. Todos con un objetivo: volverse especialistas en café.

El problema era que este oficio sin técnica ni tecnología es un negocio más de pérdidas que de beneficio. Pero, por suerte, eso ya lo sabía uno de los integrantes de la mesa, viejo conocido por Daza: Ramiro Villalobos.

Este campesino, empeñado en el desarrollo de la región, había conformado Cannor, una corporación con un propósito específico: hacer posible el éxito de las cosechas de café y una terminación singular del producto que se cosechaba a los alrededores.

Por eso, cuando a la mesa se le ocurrió buscar financiación internacional, uno de los primeros focos de inversión fue la planta que Villalobos había montado con las uñas y a donde iba a parar la cosecha de Daza y de otros caficultores valletenzanos para que sus granos fueran transformados en un producto especial.

De ahí que un total de $396 millones dados por la Unión Europea, la inversión local y el el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo terminaron en Cannor. Ese dinero, del proyecto CET, implementado por la Red Nacional de Agencias de Desarrollo Local de Colombia (Red Adelco), fue invertido en el desarrollo de la región.

Gracias a esto se mejoraron las máquinas procesadores de Cannor, aquellas utilizadas para la trilla, la tostión y la molienda de los granos. Esto es una ayuda para Daza y otros 30 caficultores que solo deben dedicarse a una parte del proceso y dejar en otras manos la transformación de sus cosechas.

Ese proceso les permite ahorrar agua, en cuanto a desperdicios, porque han pasado de utilizar 40 litros a solo 0,3 por cada kilogramo de café pergamino seco. Además, la tarea de Villalobos es hacer que los productores inviertan menos en el cultivo y bajen sus gastos de $680 a apenas $300 por cada kilogramo que procesa. El fin de la planta es que pasen de vender este producto básico a tener un café terminado y especial.

Esa es la apuesta de la región con la marca Café Valletenzano, que ahora hace famosos a Daza y a sus compañeros, gracias a sus toques ácidos y su comercialización en el Valle de Tenza. El sueño, de hecho, es que su especialidad haga que pasen de vender dos bultos de café a casi $700.000 a más de $2 millones. Un precio al que pretenden acceder en el futuro. Esta vez, para Daza, sin enjalmas y sin tanto azar. Porque el arte del desarrollo, para todos los que hoy se dedican a cultivar esta fruta, es atraverse a tomar riesgos.

Vea la nota original aquí.

Categorias: Editoriales CET

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